reflexiones desde frentean.org sobre la violencia machista y otras visiones

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La violencia como fenómeno social y político, es el resultado de la negación del otro. Todo aquello que aparece ante los ojos de la tradición como diferente, “debe” ser destruido como forma de autoafirmar el yo propio. En Colombia, la familia tradicionalmente se edificó como un orden vertical, patriarcal y machista. Lo vertical surge como una emanación del concepto mismo de divinidad a partir del cristianismo, en donde el orden se funda en el padre. Él es quien define el bien y el mal, y quien define los castigos. El papel de la madre es secundario, sin liderazgos ni autonomías. La mujer está relegada a la procreación y a las labores del hogar. Se le aísla y se le encierra en la cárcel del hogar.

El machismo, en ese marco, aparece como sedimento, como concepción bizarra y deformada del orden patriarcal. El macho se afirma negando a la mujer cualquier condición diferente a la de tenerla como un objeto sexual exclusivo para la satisfacción de sus deseos. No puede existir el erotismo. La mujer está privada del derecho a sentir o disfrutar. Sólo al hombre le es permitido el goce del cuerpo, pero de una manera burda y violenta. Cualquier asomo de erotismo aparece censurado por asumirse como algo poco masculino o cómo gesto de debilidad que cuestiona la errada concepción de poder al interior de la familia.

En ese orden, cualquier muestra de diversidad es reprimida. La mujer le debe obediencia al marido y la familia sólo es concebible entre un hombre y mujer, sin importar la felicidad ni el disfrute mismo de la vida. Peor aún, para la desgracia de la infancia, nuestros niños se acostumbraron a crecer sin padre, tanto como nuestros pueblos de lo profundo y lo excluido se acostumbraron a vivir sin Estado. La madre debe cumplir una triple función en ese esquema; es mujer, trabajadora, y madre. Roles estos que le significan toda serie de responsabilidades pero pocos beneficios.

Por todo ello, es que el amor, aparece como algo revolucionario en una sociedad que se acostumbró a vivir y convivir sin pasión, sin gusto, sin alegría y que concibe la vida y el sexo sólo para procrear; sólo para reproducir la mano de obra barata y las manos que empuñen las armas en la guerra. Eso es fascismo en su máxima expresión. Cuando el único destino del cuerpo humano es la producción capitalista y el mercado, hemos sido despojados de nuestro último terruño. Chaplin lo escenificó en una hermosa escena de “tiempos modernos” donde al obrero sólo le quedan sus genitales para guardar lo más íntimo y lo más humano como puede ser un trozo de pan, el cual debe ingerir a escondidas del patrón.

Atreverse a retar ese esquema implica los peores vejámenes como en tiempos de la inquisición. Está mal visto el amor libre, y está mal visto que la mujer sea insumisa. En tiempos de paz y en tiempos de guerra hemos regresado a lo más salvaje e instintivo.

La mujer continúa siendo el principal botín de guerra. Es por ello que a la oligarquía le da urticaria admitir que las revolucionarias son mujeres hermosas, y más aún, se enervan cuando comprueban que su belleza no es sólo física como la de sus divas pañetadas con miles de cirugías, sino que, por el contrario, las revolucionarias tienen un encanto de magia y embrujo que se conjuga con la sencillez del pueblo, con la sinceridad de los ideales y con el temple propio de la mujer guerrera. Mujeres como Mariana Páez, Lucero Palmera, Mayerly Rondón, y tantas otras, más que guerreras son las pioneras de la nueva historia. De la historia donde nos reconocemos como iguales, hombres y mujeres bajo una sola condición de humanidad, bajo el noble ideal de la construcción de sueños y cantos para la vida, la lucha y el amor. Así son las mujeres del pueblo, esas que tanto detestan los opresores y delimitadores de primaveras. Por una sociedad emancipada del yugo patriarcal y el orden machista, hemos jurado vencer, y venceremos!

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