La cacica Consuelo Araujo

Y las leyendas vallenato.
Se cuenta de
La mujer que mandaba a los presidentes

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Fue el tiempo en que en el vallenato mandaba La Cacica. Y el Festival era sencillamente un evento silvestre y feliz, en el que todos cabían bajo el palo de mango de la democrática Plaza Alfonso López, testigo del nacimiento de cada rey del acordeón.

Escenario desde siempre de convergencia del poder local y cachaco, manejar el festejo concedía el privilegio de las relaciones públicas y políticas que de tanto en tanto se convertían en altos puestos en Bogotá. Pero no había parque de la Leyenda ni boletas y, sobre todo al principio, los juglares tocaban en las parrandas a cambio de sancocho y trago.

Esas altas relaciones se cocinaron, en buena parte, en inolvidables parrandas en el patio de la casona que Consuelo Araújo compartió con su primer esposo, Hernando Molina, en plena Plaza. Y también hubo otras muy famosas en la cercana casa de su hermano Álvaro Araújo Noguera, a quien Alfonso López nombró ministro de Agricultura cuando llegó a la Casa de Nariño en los 70.

A ritmo de paseo, merengue, puya y son, congresistas, ministros, embajadores y presidentes de la época se sacudían del frío capitalino y del acartonamiento para entregarse al goce y complacer a sus anfitriones con algunos favores.

El expresidente Gaviria, asiduo visitante del Festival, en compañía de Poncho Zuleta, homenajeado este año.

No fueron pocos los que vieron, por ejemplo, al entonces presidente César Gaviria sirviendo el trago, invitando a bailar y atreviéndose a tocar la caja.

También es sabido que fue en el marco de un Festival que La Cacica gestionó con ese mandatario la ayuda para convertir a su segundo esposo, el hoy contralor Edgardo Maya, en magistrado del Consejo Superior de la Judicatura. Era 1992 y, apoyado en un artículo transitorio de la Constitución del 91, Gaviria tenía la facultad de nombrar por una única vez a los miembros de la sala disciplinaria. Maya estuvo entre ellos y por esa vía comenzó su carrera pública en Bogotá.

Una persona que se sabe bien la historia de estas parrandas, recuerda asimismo que durante otra de ellas el maestro Rafael Escalona logró supuestamente asegurar con el presidente Andrés Pastrana una notaría para un hijo suyo.

Antes, en el 75, según esa misma persona, se había concretado el puesto de Contralor General para el abogado cesarense Aníbal Martínez Zuleta en una parranda a la que asistieron unos representantes a la Cámara.

Ese año, el Festival era todavía un muchachito de apenas siete años, que vio la luz gracias a sus tres padres hoy fallecidos: La Cacica, Escalona y López Michelsen.

Este último acababa de ser nombrado primer gobernador del recién nacido departamento del Cesar (67) cuando le propuso a Araújo Noguera y a Escalona idearse algún evento que llamara gente hacia la tierra cesarense. No fue difícil pensar en el vallenato porque -aunque prohibido entre la ‘gente bien’ del valle- ya el género se había tomado los salones de los ricos en Bogotá, gracias a la difusión informal de unos nostálgicos estudiantes provincianos a los que llamaban ‘Los Magdalenos’ (por haber nacido en el Magdalena Grande). Entre ellos, estaba el primer esposo de Consuelo, Hernando Molina, cuyo chofer era nada menos que Nicolás Elías ‘Colacho’ Mendoza. Ese histórico acordeonero que llegó a ser después primer rey de reyes.

Heredero de una gran fortuna familiar, Molina de hecho ayudó a financiar los primeros festivales vallenatos. Estos fueron organizados desde el 69 por la oficina de turismo departamental, cuya primera directora fue La Cacica, hasta entonces reina y alma de todo.

Columnista, investigadora y gestora autodidacta, recordada por su personalidad huracanada y arrolladora, tuvo unos alcances altos: “Nunca salgo del asombro de su inteligencia. Hasta que no se demuestre lo contrario, diré que llegó a ser de las mujeres más poderosas. Le daba órdenes hasta al presidente de la República. La recuerdo diciéndole a alguno por teléfono: ‘Bueno, Presidente, ya sabe, cuidado me va a fallar al Festival porque no se lo perdono’. Y el Presidente se derretía”, nos contó el maestro Tomás Darío Gutiérrez.

Recuerda Gutiérrez que fue por una decisión de Consuelo que en el 83 no se impulsó la creación de un instituto de cultura municipal para manejar el evento. Por el contrario, se comenzó a estructurar en lo privado la Fundación de la Leyenda que vio la luz en el 86 y, desde su muerte en 2001 (asesinada por las Farc que la secuestraron), lideran sus hijos con menos peso en el zapato que ella.

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