de “pájaros” y chulavistas

​fuente: Prensa Rural

  1. A propósito de los comentarios del periodista español Carlos Herrera en la emisora de radio Cope (Conferencia Episcopal Española) referido a “cerdos” y demás perlasque se antojan al pseudoseñorito Andalus y el desconocimiento del pájaro que es.

Entre pájaros y chulavitas: Relato de la tradición oral campesina sobre el conflicto político, social y armado de Colombia

Daniel Cristancho / Viernes 14 de enero de 2011

 

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Sentado junto a mí estaba don Alvarito, un campesino de 70 años, con uno que otro achaque de salud, de seguro por culpa de estar huyendo toda la vida. Don Álvaro, como la mayoría de los campesinos, conoce palmo a palmo gran parte de la zona rural de Colombia, él ha tumbado montaña, echado potreros, sembrado “comidita” y criado animales de la misma forma como su padre les enseñó, a él y a su hermano cinco años mayor, siempre de manera organizada. Pero, aunque la vida de un campesino parezca simple no lo es y nunca lo ha sido. No lo ha sido por la sencilla razón de que su quehacer está intrínsecamente ligado a la tierra, de la cual siempre ha sido desplazado “para más adentro”, por fuera de la frontera agrícola. Hoy, don Alvarito vive en la Zona de Reserva Campesina del Valle del Río Cimitarra, en el sur de Bolívar. La historia que se relata a continuación es fruto de una charla informal que sostuve con él. Aunque hablamos solamente de su infancia, de mitades del siglo pasado, me parecía que estábamos hablando de un pasado no tan lejano, de una historia reciente.

Clase de Historia

Desde muy temprano don Alvarito llegó a la oficina de la ACVC en Barrancabermeja, contándome que mientras seguía en su recuperación le habían encomendado la tarea de escribir un artículo sobre su vereda en el sur de Bolívar. Me dijo que había aceptado sin reparos porque lo veía conveniente y que aunque no sabía escribir estaba dispuesto a cumplir la tarea. Ante la decisión que vi en su rostro le dije que me contara y que yo iría digitando. A esto, don Alvarito empezó diciéndome que sería bueno empezar por su trabajo en La Mata, Sur de Cesar, en el año de 1976, cuando él hacía parte de la Unión Nacional de Oposición – UNO. A sabiendas de su acento paisa le pregunté si había nacido allí. Me dijo que no, que él era de Pácora, Caldas y que había nacido en el 40. En ese momento comprendí que la charla iba a ser larga pero amena. Empecemos por ahí – le dije.

“Para el año 46 nosotros vivíamos en el Valle del Cauca, allá me llevaron desde chiquitico, cuando eso a mi papá lo perseguían ya la pajaramenta (hordas sicariales) de Laureano Gómez. Mi papá era del Partido liberal, era cachiporro, y los laureanistas eran los godos, los conservadores”. Al escuchar como don Alvarito empezó su relato, recordé las retahílas interminables de las clases de Historia de Colombia de la primaria y del bachillerato que aun hoy se siguen cacareando anecdóticamente en las aulas, sin el anclaje a unas condiciones sociales y económicas del país, me decían que había un odio terrible entre los partidos, pero nunca me explicaron por qué, nunca me dijeron que el problema era la tenencia de la tierra.

Alvarito continuó su relato contándome como en Betania, Valle del Cauca se respiraba un aire que sabía a pueblo por los alaridos de Gaitán, mezclado con el dulce de los cañadulzales. “Cuando mataron a Gaitán, era el año 48, y el caserío estaba amenazado e iba a ser tomado por los pájaros (matones conservadores). Fueron meses difíciles porque existía la amenaza permanente; sin embargo, mi papá y otros campesinos decidieron resistir y nos llevaban desde pequeños a escondernos en la montaña mientras ellos cuidaban el caserío”. Al escuchar esto inmediatamente recordé la historia que contaba mi madre, nacida en el 43, que de niña su padre, mi abuelo Salvador, también escondía a sus hijos e hijas bien adentro de las montañas de Santander, en la provincia de García Rovira. En ese momento de la charla entendí que estaba en una clase de historia real de Colombia, atando cabos deduje que había toda una política de estado, encabezada por Laureano Gómez, de exterminio contra la oposición a lo largo y ancho del país y que de paso iban apoderándose de las tierras de las víctimas, usando a los paramilitares de entonces, los pájaros, y la policía Chulavita.

“Luego del acoso de mediados del 49, la Chulavita (policía conservadora) se tomó Betania y también le hicieron un viaje a la finca de mi papá y tuvimos que salir desplazados a Naranjal Valle, como a unas 8 horas de Betanía. Por la finca que abandonamos nos dieron 2500 pesos o sino tocaba perderla. La finquita de Naranjal nos costó 7000 pesitos. Mi papá como era tan trabajador sacó adelante esa finca y pudo producir hasta 60 cargas de café y de la cañaduzalera, arregló la estancia panelera y pudo producir tres cargas de panela cada veinte días. Allí hicimos resistencia, siempre amenazados por los pájaros (civiles armados laureanistas) y la Chulavita (la policía) y siempre andaban revueltos. Antes de volver a salir desplazados a mi padre lo hostigaban cuando salía a mercar, un día lo aguaitaron (emboscaron) por las dos salidas que iban al pueblo, le alcanzaron a pegar 3 tiros en las piernas, la montadura tenía 7 proyectiles. Al médico de Trujillo Valle, que operó a mi papá, lo mataron a los 15 días. Supimos que había que desplazarse nuevamente, primero fuimos a Primavera, luego a Trujillo, a Zarzal y a Darién Valle, ahí mi padre quedó en recuperación. A los 3 meses ya nos estaban aguaitando nuevamente. En la huida, mi padre luego de haber tenido tierras, animales y cultivos, terminó administrando una finca a la cuarta”, es decir que de 40 cargas, 30 eran para el dueño y 10 para el administrador.

“Luego, ya fue a mi hermano al que trataron de matar, yo era aun muy joven, tenía como 12 años y emprendimos la huida de nuevo para Zarzal, Valle, con toda la familia. Sacamos terrenitos arrendados allá, era el único pueblo que no tenía tanta represión. Como a mis 14 años ellos quedaron en el Zarzal y yo salí a aventurar con esos grupos de resistencia que habían y que se entregaron cuando Rojas Pinilla. Cuando eso yo ya estaba por los Llanos, en Casanare”. En el relato don Alvarito también me dijo que para ese entonces los liberales ya eran el oficialismo y que el que estaba al mando era Lleras Camargo, “el que firmó el pacto del Frente nacional con Laureano Gómez, para juntos quitarnos las tierras a nosotros los campesinos”.

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